Algunos días, no sabemos si de mañana o tarde, con o sin sol, siempre dispuesto; nuestro pintorcete, caballete al hombro, en las manos lienzos y la cajita mágica que da las luces y las sombras, se iba a su minarete preferido, mudo cómplice y testigo de su buen hacer, a darle, pincel en mano, unos coloretes por aquí, ocres por allá, azules de cielo en día destemplado, y una luz casi tenue.
Trazo a trazo, la iba pintando, con paciencia, con cariño, pensando en lo que, nosotros admiradores incondicionales, disfrutaríamos admirando su obra.
Así, de a poquito, la fue plasmando..., hoy, la vemos acabada, en el lugar de honor que le corresponde... «la dama», vigía del norte...; pincelada a pincelada, plasmada queda... bella, imponente...





